Él y ella conformaban una pareja de adultos maduros. Ambos nombres comenzando con la misma inicial había resultado sólo un juego del destino: se llamaban Maximino y Melinda. Tenían rasgos y actitudes sutilmente infantiles, aunque también se les podía captar un tenue toque que podía variar entre la locura y la perversión.
A Melinda le encantaba –hasta era el momento más feliz del día- cuando al atardecer, vestida ya en su desgastado camisón de seda color rosa Dior, abría el armario de sus recuerdos. Allí, clasificados prolijamente con etiquetas que señalaban sus contenidos, los atesoraba en cajas de cartón de distintos tamaños y una variada gama de colores . Era loca por los colores.

Siempre se dirigía primero a la misma caja de zapatos forrada en papel de regalo color verde celadón, donde guardaba sus juguetes preferidos. Él se extasiaba con sólo verla a ella sentarse en el piso y abrir la caja, verla con la excitación y ansiedad con que retiraba de ésta el juego de arlequines de porcelana y paño –todos en similar uniforme- y verla cómo se disponía a jugar.

Además, ambos tenían un respetable perro de pelaje color atigrado con manchas blancas en el pecho, el cual, si bien era de raza desconocida, tenía un aspecto que fácilmente permitía sospechar en sus genes a un gigantesco dogo alemán. Este perro los protegía muy celosamente de los extraños y de la maldad ajena.
Existía sólo un momento en el cual Maximino sentía una rara sensación para con el perro: cuando ella jugaba con sus arlequines. Intuía que el único deseo del perro era el de arrebatárselos. Su mirada, sus colmillos y su baba, lo delataban. Maximino, como prevención, había decidido atarlo y colocarle un bozal en estas oportunidades. Profundamente creía que si estuviera suelto, en un instante de descontrol no atendería a su grito. Quizá fuera sólo su lado sobreprotector, pero sospechaba de quien los protegía de los extraños y de la maldad ajena. Así, con estas medidas de prevención, él podía entonces continuar extasiándose mientras veía a Melinda jugar tranquila, perdiéndose en sus infantiles y alocadas fantasías, mientras mantenía su mirada con un particular brillo. La vida de Maximino parecía así cobrar una finalidad. La felicidad, al menos por instantes, no era un imposible.
Resulta que para los carnavales fueron invitados a un baile de disfraces. Decidieron entonces darle un toque lúdico y erótico a la situación y para ello, cada uno se encargó discretamente el disfraz propio en “La casa del disfraz”, sin que el otro se lo conociera. Querían sorprenderse.
Cuando hubo llegado el ansiado día, cada uno se disfrazó por separado en una habitación distinta. Maximino estaba feliz porque había mandado a confeccionar un disfraz igual al de los arlequines de juguete que tanto entusiasmaban a ella. Esperaba así despertar la atención de Melinda en él tal como la tenía en sus juguetes. Pretendía ser más que un mero observador de esos especiales momentos. Mientras se ponía su disfraz, la pequeña perversión que delataba su cerrada sonrisa permitía hacer sospechar el apenas sostenible desborde emocional que sentía por la espera de presenciar la reacción de Melinda al verlo en dicho atuendo. Nada deseaba más.
Maximino terminó de vestirse y salió de la habitación para esperarla a ella. Si bien se sentía muy cómodo en ese disfraz, el instante le resultó eterno. De pronto oyó un ruido y giró la cabeza. La última imagen que vieron sus ojos fue la del perro abalanzándosele con la boca abierta para prenderse ferozmente de su cara con sus largos y afilados colmillos. No lo había atado porque ese día Melinda no iba a jugar. En décimas de segundo tomó conciencia de que él se había disfrazado de arlequín y, entonces, de entre el maquillaje corrido y sanguinoliento, le emergió el pavoroso gesto final. Mientras su vida se apagaba violentamente, rogó por un instante que el perro aún pudiera discernir la diferencia entre él y los arlequines de juguete. Nunca se le había ocurrido que requiriera de tal entrenamiento. Él no era ni un extraño ni maldad ajena. Tampoco era un arlequín de juguete. Segundos después todo era un baño de sangre. Junto a los indiscernibles restos teñidos de rojo del extraño y desmesurado arlequín, se sentó triunfalmente el perro a aguardar a sus amos.
Cuentan que el perro sobrevivió a la pareja: Melinda quería que Maximino la deseara más y esa trágica tarde también se había disfrazado de arlequín.
Alejandro Fidias Fabri
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