Días atrás leí en el periódico español El País un interesante artículo de la filósofa Adela Cortina donde relataba una anécdota vivida por el político americano Adlai Stevenson cuando libró la campaña presidencial de 1952 contra el candidato opositor Dwight Eisenhower. Cuenta que una señora, muy entusiasmada luego de un discurso suyo, le dijo: “Gobernador, toda persona pensante lo va a votar a usted”. Stevenson le respondió: “Señora, eso no es suficiente. ¡Necesito una mayoría!” Concluye la filósofa que la anécdota pone luz a que “a la hora de votar, las emociones resultan ser decisivas, mucho más que el cálculo racional de lo que interesa”.
Esta lectura me transportó al ejercicio de hacer una analogía con la campaña presidencial de Argentina 2011: desde un lado, parece que los políticos profesionales de la fragmentada oposición conocen esta enseñanza y, por ello, con sus spots publicitarios huecos y vacíos de contenido, están haciendo el último intento por captar el afecto, el lado irracional, de algún votante indeciso. Pero, visto que el afecto no se gana sólo a través de un spot, sus discursos de “nada” parecen discursos de actores que no están consustanciados con sus papeles, actores que no tienen público y sus expresiones parecen más volcadas al rictus que a la sonrisa.
¿Acaso están equivocadas las campañas de los que fueron oposición? No aquellas que se dirigen al lado afectivo. Entonces, ¿por qué parecen vacías de contenido y poco atractivas? Simplemente porque no están investidos del apego libidinal de los votantes. He leído que George Bernard Shaw alguna vez dijo que el enamoramiento es el sobredimensionamiento de una mujer respecto de las restantes. Lo mismo ocurre en la política: una vez que está en acto el enamoramiento, nada queda para los demás.
Ya es sabido, entonces, que al momento de votar, prima la irracionalidad. Esta decisión no es tan lineal y simple como lo aducen algunos detractores; no se vota sólo con la billetera. Principalmente se vota con lo que algunos filósofos políticos denominan, lacanianamente, el apego libidinal fantasmático (digamos, una suerte de enamoramiento). ¿Cómo se gana este apego? No sólo con un spot publicitario. De manera muy sintetizada, en tiempos en los que ya no existe la “uniforme” masa trabajadora de los años ’50, se requiere de una tarea política artesanal tal como la realizada por el kirchnerismo. ¿Qué hizo el kirchnerismo? La enorme gestión política de permitir e incentivar la emergencia de las múltiples y particulares demandas sociales –pobreza, trabajo, tecnología, jubilaciones, y otras-, las diferencias propias de cada demanda, y las llevó al nivel de equivalencias –la universalidad- para que pudieran ser articuladas en un partido que conformara una masa crítica de seguidores. Paralelamente construyeron un relato de identificación y de pertenencia, un “Había una vez…” al que adhiriera esta masa crítica.
Tengamos presente, asimismo, que las construcciones de poder tienen a la fuerza un componente dinámico producido por el mero devenir, por el mero emerger de contingencias de lo político. Ningún poder es eterno.
Para ejercitar nuestro lado racional sobre lo irracional de cómo llegamos a vivir lo que vivimos, los invito a ver un pequeño compilado tragicómico de spots de campañas pasadas y presentes.
Alejandro Fidias Fabri
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