Cuando recordamos el 11 de setiembre de 2001, 11-S, objetivamente nos estamos refiriendo al aciago día en que grupos de personas pertenecientes a las células de Al-Qaeda perpetraron ataques terroristas en los Estados Unidos, en los cuales , secuestraron cuatro aviones de línea, haciendo estrellar dos contra las Torres Gemelas, uno contra el Pentágono y el último en terreno abierto en Pensilvania.

Para el mundo en general, existió un gran acontecimiento terrorista que el aparato de información hizo penetrar en nuestra sensibilidad y en nuestra psiquis: la repetición ad infinitum de las imágenes de los aviones colisionando a las Torres Gemelas. Este gran trauma se completó, finalmente, con el derrumbe y la pulverización de estas.
El ver repetidas veces la castración del dios secular que simbolizaban los Estados Unidos generó en la audiencia televisiva global una tremenda angustia y desazón. Las Torres Gemelas, falo omnipotente de este dios que brindaba simultáneamente seguridad y opresión, fueron cercenadas. El orden del mundo tal como nos era conocido, el mundo que simbólicamente nos brindaba seguridad, implosionó. Tamaño daño podría ser comparado con lo que cuenta Hesíodo en su Teogonía cuando Cronos, padre de Zeus, castró a su padre Urano. Cronos “cercenó rápidamente las partes genitales de su padre, y las arrojó detrás de sí. […] Y las partes que había cercenado Cronos las mutiló con el acero, y las arrojó desde la tierra firme al mar de olas agitadas”. Si bien de la mezcla del semen de Urano con la espuma marina nació Afrodita, diosa del amor, en explícita oposición, el cercenamiento de las Torres Gemelas dio lugar a una época de odios, guerras, violencia, matanzas, torturas…Nada más lejos del amor. Nada más lejos de la legalidad. Nada más lejos de la moralidad.
En lo referente a las emociones vividas el 11-S, primaron el desasosiego, el miedo, el pánico y el terror. Hasta es posible que aún en el caso de los ideólogos perpetradores de los atentados puedan haber vivenciado un sentimiento entremezclado: cuando el enemigo es fulminado, los límites que ayudan a conformar la propia identidad también lo son. Uno ya no es más quien era. La desnudez de la ausencia de otredad hace peligrar a la mismidad.
Aquiles arrastra el cadaver de Hector
Aún más, tal como el Pelida Aquiles en la Guerra de Troya triunfalmente paseara atado a su carro el cadáver de su enemigo, el homicida Héctor, el 11-S una “entidad maligna”, el “Eje del Mal”, portó ante la doble cara del aparato informativo, los testículos sangrantes de los Estados Unidos de Norteamérica, los testículos del orden conocido. A la audiencia televisiva se nos confundía la repetición ad infinitum con el dramatismo del Aquiles, quien una vez que hubo asesinado a Héctor, hijo del rey Príamo, “le taladró por detrás los tendones de ambos pies desde el tobillo al talón, enhebró correas de bovina piel que ató a la caja del carro y dejó que la cabeza arrastrara. […] Gran polvareda se levantó del cadáver arrastrado; los cabellos oscuros se esparcían, y la cabeza entera en el polvo yacía…”. El dios secular había quedado impotente. Simbólicamente quedó reducido a un oxímoron: la superpotencia impotente. Es como cuando el loco de La Gaya Ciencia, va a avisarle a la gente la muerte de Dios. Los gritos y risotadas que provocan su aviso, le crean una cierta desazón y decide retirarse, no sin antes decirles: “Vengo demasiado pronto, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los hombres. El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y oídos…. Los diez años transcurridos aún no han mostrado todo el significado de tamaña castración.
No es de despreciar que, así como en nombre de Dios, a lo largo de la historia de la humanidad se han cometido grandes crímenes, la lucha de la superpotencia castrada contra el terrorismo internacional ha dejado al descubierto a un Estado de derecho que en su ira vengadora ha avasallado la Convención de Ginebra, ha torturado (CICR, ¿Qué dice el derecho sobre la tortura?) a supuestos enemigos, a culpables y a inocentes, ha desconsiderado la dignidad del hombre, ha producido daños colaterales, ha respaldado y encubierto a funcionarios del Estado (documentos desclasificados, American Civil Liberties Union) que emitieron órdenes que han puesto en juego la autoridad moral que supo tener en el pasado. Los daños sufridos y los dolores de lo acaecido el 11-S han sido enormes. Pero, es posible que aún no hayamos visto la cuantía de los daños provocados en el propio país y en el mundo por la venganza sin moralidad ni legalidad. Tal situación nos retrotrae al diálogo platónico Gorgias, cuando frente a la pregunta de Polo sobre la preferencia entre recibir un injusticia o cometerla, Sócrates responde: “No quisiera ni lo uno ni lo otro; pero si fuera necesario cometerla o sufrirla, preferiría sufrirla a cometerla”.
Esperemos que el tiempo, y las acciones legales, diplomáticas y militares internacionales curen las heridas provocadas y sufridas por victimarios y víctimas. Respecto de un nuevo orden, está aún por verse cómo emergerá el mundo de este proceso.
Alejandro Fidias Fabri
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