Para referirnos al sistema ético en el cual fundamos nuestras decisiones, planteamos un tiempo atrás al cuestionario que realizó e implementó el psicólogo Marc Hauser, de la Universidad de Harvard. Para refrescarlo, la situación era:
Estás caminando junto a las vías de ferrocarril y ves venir desde tu izquierda a un tren descontrolado, sin conductor. Mirás hacia la derecha y ves a un grupo de cinco operarios que están haciendo reparaciones sobre las vías principales, los cuales serán atropellados. Hacia el costado ves que hay un desvío con otra vía, auxiliar, con un operario trabajando. Junto a vos está la palanca que acciona el cambio de vías para que el tren salga de la línea principal y se dirija a la línea auxiliar. Pregunta: ¿Accionarías vos la palanca para derivar el tren a la vía auxiliar y que colisione con el operario que se encuentra solo o dejarías que colisione contra los cinco de la vía principal?
DILEMA 1: -Acciono la palanca   -No acciono la palanca.
Cerca de un 80 % optó por accionar la palanca a los efectos que el tren se dirigiera a la vía del operario que estaba solo. Consecuencias: un muerto y cinco  sobrevivientes. Intuitivamente, esta fue una decisión fundada en el Principio de Utilidad del filósofo utilitarista Jeremy Bentham, que ubica a la moralidad en las consecuencias del acto y en el estado del mundo que resulta de la acción. Para este filósofo inglés, que escribió su opera princeps de moral en 1780,  “puede decirse que un hombre es partidario del principio de utilidad, cuando la aprobación o desaprobación que otorga a una acción o medida es determinada y proporcional a la tendencia que concibe que ella tiene de aumentar o disminuir la felicidad de la comunidad”. Es un tema matemático: cinco sobrevivientes implican más felicidad que uno. A este cómputo hay que agregarle la felicidad de los familiares y amigos de éstos.
El restante 20 % se inclinó por no accionar la palanca. Esto implica la colisión con los cinco operarios. La intuición ética en que se basa esta decisión podría ser la ética kantiana del deber. Aquellos que eligieron esta opción no supieron explicar el por qué, pero consideraban que no era correcto hacer una cuenta matemática comparando los muertos de cada acción posible. Era inconmensurable. En realidad, están considerando algo que el utilitarismo benthamiano no hizo y que Kant le criticó en su texto de 1785: todo ser humano, por el solo hecho de ser racional, posee dignidad y es un sagrado portador de derechos. Aquí no importan las matemáticas, hay un valor intrínseco absoluto propio de los seres racionales. Para Kant, el valor moral de la acción está puesto en el motivo –por deber-, no en las consecuencias. La razón manda categóricamente a la voluntad con el siguiente imperativo: “Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca como medio.” Esto quiere decir que si resolvíamos mover la palanca para dirigir el tren hacia donde había un operario solo, para así salvar a cinco, el operario colisionado hubiera sido usado como medio para otros fines (salvar a los cinco). No hubiera sido tratado él mismo como un fin. No se hubiera respetado ni venerado su dignidad. La decisión de no mover la palanca, en la lectura kantiana, hubiera sido la decisión éticamente correcta.
¿Quiere decir esto que vivimos un realitivismo ético?¿Acaso no hay «bueno» y «malo» per se, sólo de acuerdo al sistema ético? Me inclino a pensar igual que el filósofo Stanley Fish, quien en el artículo Does Philosophy Matter?, publicado en el The New York Times el 1/8/11, plantea como opción el pensar que sí hay absolutos morales, pero hay varios candidatos a ocupar el puesto. Él mismo se autodeclara un absolutista moral pero un relativista epistemológico. Igualmente, el tema da para mucho más…
Alejandro Fidias Fabri
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