Pareciera que la experiencia de haber utilizado la red de subterráneos como lugar de mirada del mundo ha resultado de cierto interés para los lectores. Es sabido que si hay algo que esta profesión otorga es la capacidad de extrañamiento de aquello que nos es cotidiano, la capacidad de distanciamiento para ser un observador crítico desde un lugar inusual. Algunos lectores me han hecho comentarios interesantes, tales como: “a lo largo de la narración del viaje en subte sentí como si lo estuviera viviendo yo”, sobre la sincronicidad de lo sucedido, haciendo una analogía con el concepto oriental del disfrute del devenir, sobre el desconocimiento de la existencia de ese mural, sobre mi propia inexperiencia en hacer conexiones en subte, sobre la falta de comprensión de que “lo que tiene que suceder, sucede”, sobre el devenir y la «razón universal», sobre el error en el conteo de las cuadras que hubiera tenido que caminar, y otros tantos. Digamos que fueron comentarios variados y muy ricos.

Me tocó ahora hacer un segundo viaje. Esta vez, la anormalidad fue que todo fuera normal. Me dediqué nuevamente a disfrutar del mural de Noé y encontré que enfrente hay uno de Benedit muy interesante. Como se trataba de la hora pico, algunos pasajeros miraban extrañados mi actitud de observador de museo. El resto del viaje me dediqué a reflexionar sobre la experiencia anterior y los comentarios recibidos. Vi la necesidad de explayarme sobre aquello que pueda tener de raro de que lo que tenga que suceder, suceda. Por un lado, al concepto de logos o razón universal –instalado por Heráclito en el siglo VI a.C., posteriormente recepcionado por la escuela filosófica de los estoicos- le subyacen los conceptos de fatalismo y causalidad. Así, nada debiera extrañarnos: obviamente, lo que tiene que suceder, sucede. Pero hay otras miradas. Unas de ellas es la de lo azaroso de los sucesos y otra es la de Carl Gustav Jung, psicólogo que estudió el fenómeno de la «sincronicidad».

Para simplificar la explicación, vamos a acotar la experiencia al instante en que estuve parado frente a las puertas del vagón del subte línea C, éstas se abrieron y, simultáneamente la voz femenina anunció que la línea D había retornado a la normalidad. Tenemos tres sucesos “independientes”: las puertas que se abren, el aviso por parlante, y yo con mi consciente e inconsciente. Las posibilidades también son al menos tres: que los tres sucesos, cada uno con su propia cadena de causalidades, se encontaran de manera acausal o azarosa; que hubiera un determinismo que hiciera que los tres se encontraran causalmente (“lo que tiene que suceder, sucede”), necesariamente; que se tratara de un fenómeno de sincronicidad.

Jung entiende por «sincronicidad» “una coincidencia en el tiempo de dos o más sucesos no relacionados causalmente, que tienen el mismo significado o similar. […] el acontecimiento simultáneo de un cierto estado psíquico con uno o más sucesos externos que aparecen como paralelos significativos en el estado subjetivo momentáneo.” Agrega que “el inconsciente a menudo sabe más que el consciente” y es posible que sea éste el que registra el fenómeno vinculante. Dice que “la casualidad debe ser susceptible de algún tipo de relación causal y se llama «azar» o «coincidencia» porque su causalidad no se ha descubierto todavía”.

Podríamos entonces aventurar que, en ciertas oportunidades, los seres humanos estamos abiertos al logos y podemos captar relaciones entre sucesos que tienen algún tipo de causalidad difícil de demostrar con nuestra concepción científica del mundo. Es así que puede haber sido un instante de sincronismo el que mi mente se extrañara de la simultaneidad de la apertura de las puertas, el anuncio por los parlantes y mi propia posición de ingreso al vagón.

Llega el subte a la estación Plaza Italia, tiempo de dejar la reflexión y bajarme…. A volver a la superficie…

Alejandro Fidias Fabri

Anuncios