El confort de algunos, construído sobre la historia de los «daños colaterales»…

Reloj en el “momento silencioso”
Hoy aparece una noticia en el diario El País, titulada Hiroshima, 66 años de censura, que se refiere a una muestra fotográfica que está teniendo lugar en Nueva York con 60 fotografías de un grupo de 800 tomadas dos meses después de la explosión nuclear por un grupo enviado por el Presidente Truman para elaborar un informe secreto sobre los daños de la bomba atómica. Las fotos fueron desclasificadas en los ’60, perdidas y, reencontradas parcialmente hace poco tiempo.
Por un lado, esta noticia me retrotrae a mi propio pasado: la visita al Museo Memorial de la Paz en Hiroshima hace treinta años. Aún hoy tengo presente el estupor que nos causó a los visitantes la exposición tanto de las imágenes como de los objetos vinculados a la explosión atómica. Por otro lado, me hace reflexionar sobre un hecho periodístico: la revista The New Yorker envió en 1946 a un corresponsal para relevar testimonios de algunos sobrevivientes de Hiroshima. Fue uno de los artículos más leídos de la historia de la revista. Tanto que John Hersey, posteriormente ganador del Premio Pulitzer, terminó publicándolo en el libro titulado Hiroshima.
Allí, Hersey relata la vida de seis personas antes, durante y después de la explosión. Ya la primera oración nos muestra lo meticuloso y espeluznante de su relato: “Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiki Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino”. Es el brutal instante que el autor titula “un momento silencioso”, cuando “en una ciudad de doscientos cuarenta y cinco mil habitantes, cerca de cien mil habían muerto o recibido heridas mortales de un solo golpe; cien mil más estaban heridas”. La historia oficial, historia de colectivos vencedores, no expone el dolor, el sufrimiento, las vidas truncadas, las ausencias. Cuando a una víctima se le pone nombre y apellido,cuando la víctima relata paso a paso lo que puede transmitir del dolor vivido, es un argumento de gran fortaleza para el porvenir de la humanidad. Sin embargo, para los cánones de la ciencia histórica se trata de «mera opinión». ¿Tiene la literatura testimonial valor documental histórico? Fue merced a la práctica social de las formas jurídicas trasladada a la literatura como  narración testimonial -real o ficcionado- que el mundo pudo  conocer y acercarse al sufrimiento límite, a las grandes injusticias vividas por seres humanos.
El filósofo Michel Foucault se interesó particularmente en el hecho de que no el derecho -el cual la filosofía ha tenido por objeto de reflexión- sino la mera práctica del testimonio –existente en la actividad jurídica o en el ejercicio del derecho- pudiera llegar a engendrar dominios de saber que no solo hiciera que aparecieran nuevo objetos, conceptos y técnicas, sino formas totalmente nuevas de sujetos y sujetos de conocimiento. Pero, desde sus orígenes la filosofía tuvo un determinado concepto de la verdad que se opuso a este tipo de conocimiento. El conocimiento verdadero, en la medida en que quiere abarcar toda la realidad –la de los vivos y la de los muertos, la manifiesta y la oculta- tiene que ser redentor. Lo que hace justa a la justicia no es el juicio justo sino la presencia de todas las injusticias. No le importa tanto el poder del juez como la conciencia de parte de la humanidad de todas las injusticias cometidas, de todas las causas abiertas, de todos los derechos pendientes. 
Ya entrados en el siglo XXI, no difieren mucho las circunstancias de aquellas del siglo pasado. Vivimos en situación de peligro, y particularmente la filosofía tiene una gran tarea por delante. Puede ser que ya no se usen armas de destrucción masiva, pero si se usan  armas de destrucción precisa que sólo producen «daños colaterales». Difícilmente pueda un ciudadano corriente responder sobre las guerras que en este momento se están llevando a cabo y las víctimas que cada una de ellas deja. Es ya sabido  que la primer víctima de una guerra es la verdad. Como bien señalara el filósofo Alexandre Koyré, “nunca se mintió tanto como en nuestros días. Ni de una manera tan desvergonzada, sistemática y constante”.
Alejandro Fidias Fabri
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Un pensamiento en “El confort de algunos, construído sobre la historia de los «daños colaterales»…

  1. Con los métodos que establecen las prácticas sociales desde hace siglos, se pueden conocer cosas disímiles a partir de un patrón común, reduciendo la realidad a algo que es igual, que siempre dice lo mismo. En la realidad siempre se encuentra lo mismo, porque para que haya algo nuevo tiene que existir lo particular. Por suerte a veces aparece (o se le permite aparecer).
    Un beso
    Samara.

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