Desde siempre me ha resultado un fenómeno político de particular interés aquello que podríamos denominar el género discursivo «conferencia de prensa presidencial». Éste muestra su faz excelsa cuando se trata de una situación grave o de una emergencia nacional. Si bien Argentina ha sido y sigue siendo algo desordenada e informal en este aspecto, podemos encontrar en Estados Unidos el modelo a seguir de sistematización, formalidad y frecuencia de las conferencias de prensa presidenciales. Entre otras, son piezas memorables aquellas correspondientes a las conferencias de George W. Bush relacionadas con la falsa argumentación de las armas de destrucción masiva en Irak para justificar su invasión y, las de Bill Clinton relacionadas con el affaire Monica Lewinsky.

En general, y especialmente en estos casos, se trata de una suerte de juego entre el conferenciante y los periodistas. Es un juego que tiene ciertas reglas implícitas: hay un discurso que encierra verdades y falsedades; hay un conferenciante que sabe cuáles son y debe intentar persuadir a los periodistas, o, al menos, lograr que todos jueguen a que fueron persuadidos de lo que no fueron; hay periodistas que deberán intentar penetrar en las fisuras del discurso para dejar la verdad completa al descubierto. Otras reglas del juego podrían ser el hecho que es el disertante el que elige quién puede preguntar, nadie puede repreguntar, el disertante decide arbitrariamente la cantidad de respuestas que dá y, el momento en que decide dar por terminado el juego.
Podríamos decir que uno de los atributos que debe tener un presidente es el de la buena conducción de una conferencia de prensa. Así lo requiere su función. En un tren lúdico, podríamos imaginarnos que al momento de asumir la primera magistratura le es entregado un manual que podría titularse Manual para la conducción de conferencias de prensa, el cual contiene todas las instrucciones sobre cómo manejarse. Este manual diría:

  1. Si usted quiere exponer , deberá contar con un plan previo bien diseñado, bien conocido y, bien practicado.
  2. Para responder preguntas sin dar detalles:
  • Dé respuestas sintéticas.
  • Dé respuestas que no sean verificables.
  • Dé respuestas inexactas, inventadas ad hoc.

3. Intente desgastar al periodista:

  • Hablándole con lentitud.
  • Hablándole entrecortadamente.
  • Pidiéndole que repita la pregunta.
  • Respondiéndole una pregunta con otra pregunta.
  • Ocupándolo con argumentaciones superfluas.
Resulta creíble. Pero, os debo alertar sobre un pequeño desliz: este manual efectivamente existe, solamente que donde dice «periodista» debiera decir «interrogador».  Nos estamos refiriendo a un documento expuesto por Wikileaks que trata de un informe de las Fuerzas de Tareas de Guantánamo, las cuales detectaron y están informando que los prisioneros de la guerra con Afghanistan ofrecen resistencia porque  están  demostrando estar entrenados para resistir los interrogatorios que les hacen tanto en esa prisión como en otros Centros de Detención. Para ello, fueron adoctrinados en sus territorios de origen con un manual titulado Cómo lidiar con el interrogador.

¿Por qué esta asociación? Podemos advertir que tanto sea en el caso de las conferencias de prensa como en el de los interrogatorios a prisioneros de guerra, está la verdad en juego. Está la verdad velada y debe ser desvelada. Podríamos decir que en ambos casos el ocultamiento es una razón de estado o sólo el velo que proporciona la  «razón de estado». Entendemos por «ocultamiento» a lo falso no en el sentido de la cosa inauténtica sino que es lo no-verdadero en el sentido de lo incorrecto engañoso. En ambos casos, el de la conferencia presidencial y el del interrogatorio del detenido, puede haber riesgo de muerte o muertes o riesgo de pérdida del ejercicio de  funciones ejecutivas. En el caso de los detenidos, su accionar podría en algunos casos hasta ser considerado virtuoso por estar defendiendo su país, etnia o religión. Los casos presidenciales entrarán en algunas oportunidades dentro de la defensa de los intereses de la patria y el pueblo y, en otras, dentro de sus contingencias políticas y personales.

El tema es complejo y podemos ubicarlo dentro del término que Michel Foucault rescata de la cultura griega:  la parrhesía. La Parrhesía es el «decir veraz», el hablar libre, el hablar franco. Parrhesía es la actitud que tuvo Sócrates cuando fue enjuiciado y eligió la verdad antes que vivir una vida indigna. Sostener la verdad, su ejercicio de la parrhesía, lo llevó a ser condenado a beber la cicuta.

Consideremos que Foucault nos incita a pensar diagonalmente el presente desde acontecimientos de la historia…
Alejandro Fidias Fabri

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