En este momento, tanto los gobiernos como los ciudadanos de muchos países nos encontramos consternados, sorprendidos y algo desconfiados por la información secreta y confidencial del Departamento de Estado de los Estados Unidos, originada en el rápidamente famoso http://www.wikileaks.org. El cuarto poder, los medios, ya ha conformado un grupo centralizado difusor de dicha información. Son los cinco grandes: The New York Times, Le Monde, El País, Der Spiegel y The Guardian.

El lugar común inmediato es pensar si se trata de una conspiración a Obama, si es la acción de un anarquista mundial, de un loco, del  hombre más cuerdo de todos, de un ciberterrorista y, otras tantas hipótesis. Por supuesto que en los países afectados ya se está produciendo  un ir y venir de funcionarios a los medios de información y programas políticos para desmentir, salir del paso, afirmar o, minimizar los dichos que han salido publicados. Todo una comedia en donde las máscaras se han caído. Bien se sabe que, en la política, resulta difícil actuar sin máscaras. Se trata de un inmediato «control de daños». Por ahora, se impone sólo pensar en lo publicado, que es mínimo con respecto a la existencia declarada de documentos clasificados. ¿Cuántos funcionarios deben estar en este momento más preocupados por lo aún no publicado?

Salgamos un poco de este lugar común y pensemos cómo puede ser enmarcada esta situación en lo referente a los paradigmas mundiales. Una alternativa plausible es aquella propuesta por el sociólogo alemán Ulrich Beck en su conocido libro La sociedad del riesgo mundial. Beck llama riesgo al “absurdo optimismo con que las instituciones básicas de la sociedad moderna –ciencia, Estado, economía y ejército- intentan anticipar lo que no puede anticiparse”. Tengamos presente que, para el autor, las amenazas globales van desde el terrorismo hasta el cambio climático. Agrega que “el constante perfeccionamiento de la sociedad científico-técnica nos ha hecho el irónico regalo de una evidencia funesta: no sabemos que no sabemos”. Está jugando aquí con la frase de Sócrates frente al oráculo de Delfos que lo signaba como el más sabio de Atenas. Su sabiduría estaba representada por el hacerse cargo del no-saber, «sólo sé que no sé nada». Actualmente, las sociedades se fundan en el presunto saber libre de riesgo. Así, para Beck, “menospreciar los riesgos progresivamente globales refuerza la globalización del riesgo”.

Para Beck, “la ironía del riesgo consiste precisamente en que la racionalidad –esto es, dejar de lado la experiencia- lleva a valorar el riesgo con varas de medir completamente inadecuadas, a considerar pronosticables y controlables los riesgos, cuando las catástrofes siempre se producen en situaciones de las que no sabemos nada y que, por lo tanto, no podemos anticipar”. Esto ya está visto en el caso de Wikileaks: totalmente inesperado para las sociedades que tomábamos como inexpugnable al Departamento de Estado. Nosotros, como simples ciudadanos, diariamente realizamos operaciones o transacciones por internet. Con un buen sistema de seguridad instalado, creemos en internet tanto como antes se creía en Dios. Por el momento, parece que Dios ha muerto. Igualmente, seguiremos yendo a la iglesia.

Bajo el amparo de la multiplicidad de aristas que presenta el caso y de la limitación de espacio, esperamos brindar a los lectores una idea germinal para que cada uno reflexione. Nos parece apropiado cerrar este artículo con la afirmación de Beck, que dice que “Nietzsche fue consciente, sin decirlo de manera explícita, de la ironía histórica de que no sólo la autodestrucción física sino también la autodestrucción ética posibilitarían al humano moderno superar tanto el Estado nacional como el orden internacional, es decir, abandonar el cielo y el infierno de la modernidad”.

Alejandro Fidias Fabri

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