¿Es Dios argentino?

Era ya entrada la noche. En el apartamento pontificio del Palacio Apostólico, Ratzinger llevaba más de una hora reunido con el Secretario de Estado Cardenal Tarcisio Bertone. Sobre su escritorio yacía apretujado el ejemplar de la fecha del periódico inglés The independent, con un titular que rezaba “Tax investigation could land Pope with € 8 blln bill”. Bertone estaba terminando de explicarle la situación: la Comisión Europea estaba investigando el ahorro impositivo de la Iglesia Católica equivalente a ocho mil millones de euros gozado desde el 2005 sobre 100.000 propiedades italianas, el cual podría ser contrario a la normativa comunitaria. De decretarse que esta excención impositiva hubiera sido violatoria de la ley europea, la Iglesia deberá devolver esa cifra al estado italiano. Sería un golpe duro para las arcas del Vaticano.

Bertone le sugirió que una opción podía ser la de amenazar con la excomunión a los inspectores de la UE.
“Mi querido Secretario de Estado, ya no son épocas para ese tipo de soluciones”, le respondió Ratzinger dirigiendo su mirada al techo. “Debiéramos pensar en un plan B. Recuerdo, por ejemplo, que en noviembre del año pasado nos visitó la presidenta de Argentina y en una charla a solas, luego de afirmar con seriedad que Dios era argentino, pasó a explicarme cómo su marido salió del default producido por una crisis profunda. Nosotros, cúpula de la Iglesia, sabemos bien que Dios es universal. Nos va a ayudar como lo hizo con ella.”
El Papa se sintió algo apabullado y dió por terminada la reunión. Con su mano derecha hizo en el aire una señal de la cruz, mientras con un ademán le indicó a Bertone que se retirara y lo dejara solo.
Al salir  Bertone, giró su silla y procedio a sacarse los zapatos rojos. Le apretaban. Había sido un día muy largo, le dolían los pies de tanta actividad. Llamó a su ayudante de cámara, quien le trajo sus viejas sandalias anatómicas marca Birkenstock. Le hacían recordar a su Alemania natal. Una vez calzadas, ya aliviado, se dirigió a la ventana, apoyó sus codos en el alféizar, y se quedó mirando el hermoso anochecer sobre la Piazza San Pietro.
Luego de unos minutos, siendo ya cerca de la 1 de la madrugada, hizo despertar a  monseñor Cesare Pasini, prefecto de la Biblioteca Vaticana, para que se apersonase en ésta y le facilitara el ingreso. Simultáneamente, con sus cómodas sandalias, acompañado por dos alabarderos de la Guardia Suiza, recorrió los 1.000 metros de corredores que separan el apartamento pontificio del imponente palacio del siglo XV que protege y resguarda la valiosísima colección vaticana de libros, códices, incunables y papiros.Una vez adentro, ingresó su inefable clave en la laptop y le fue inmediatamente entregado su conocido ejemplar de Il principe, dedicado por el mismísimo Maquiavelo a su antecesor León X. Tal como lo había hecho en varias ocasiones a lo largo de su papado, buscó el capítulo XI, De los principados eclesiásticos, y se dirigió a una frase: “sólo, pues, estos principados son seguros y felices”. Esta sola frase ya lo puso contento, ya enderezó sus hombros curvados por el agobio. Siguió así hasta el final de dicho capítulo, donde leyó: “Ha encontrado, pues, Su Santidad el Papa León este pontificado poderosísimo; al que se espera, si aquellos lo hicieron grande con las armas, éste, con la bondad y sus otras infinitas virtudes, lo hará grandísimo y digno de veneración”.

Benedicto pensó entonces que él estaba ya superando las crisis de pedofilia eclesiástica, el problema del lavado de dinero, y otros tantos temas menores. Tenía  que renovar su fe. Igual que el Papa León, con su propia bondad e infinitas virtudes iría resolviendo todo. Claramente Nietzsche estaba equivocado. Eso  se lo había ratificado la presidenta de Argentina. Dios no ha muerto.
Ya con una cierta tranquilidad, devolvió el ejemplar utilizado, realizó con la mano derecha la bendición de éste y, luego de agradecer a monseñor Pasini, se retiró. Al llegar a su dormitorio, también agradeció a los guardias que lo acompañaron. Se dirigió a su escritorio, abolló el ejemplar del diario The independent y lo tiró al cesto de papeles. Se dirigió a su lecho, agradeció de rodillas al Señor por el día transcurrido, apagó la luz, y se acostó a dormir. Mientras el sueño lo iba venciendo, murmuró: “¡Qué son ocho mil millones de euros! ¡Mañana será otro día!”

Nota al pie: a no sorprenderse, algunos datos son reales, otros no lo son y, el ensamble es sólo verosimil.

Alejandro Fidias Fabri

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