Dracma ática
En épocas de Pericles (s. V a.C.), en Atenas, potencia del mundo conocido,  la “casa de la moneda” acuñó la dracma ática, con un peso de 4,36 grs. de plata. Asimismo lo hizo con otras que fueron múltiplo y fracción de la dracma. Todas ellas llevaban como motivo del anverso la cabeza de la diosa Atena, patrona de Atenas y, como motivo del reverso la lechuza, el pájaro de Atena, con la medialuna y el gajo de olivo y las tres primeras letras del nombre de Atenas. A estas monedas se las llamaba las “lechuzas de Laurio” (por estar situadas en Laurio las minas de  extracción de plata), y por esto ha llegado hasta nosotros un proverbio que dice que “es inútil llevar lechuzas a Atenas”. Esto mostraba la primacía “internacional” que gozaban en la época tanto Atenas como su moneda. Su poder simbólico se podría comparar con lo que hoy serían Washington y el dólar. Llevar lechuzas a Atenas equivalía a llevar agua al río.
El 1 de enero de 2001, en cumplimiento de la normativa monetaria de la eurozona, Grecia adoptó como moneda al euro, abandonando poco tiempo después el curso legal de la dracma (por supuesto que ya no era la misma dracma de Pericles!). Para ello, debió previamente cumplir con determinados criterios, llamados “criterios de convergencia”. Entre estos se destacaban que los déficit presupuestarios nacionales debían ser inferiores al 3 % del producto interior bruto (PIB) y la deuda pública no podía exceder el 60 % del PIB. Estos criterios serían a su vez los de funcionamiento de las políticas monetarias de cada país miembro de allí en más. Además de los controles propios de cada país, tanto el Banco Central Europeo como entidades ad hoc cumplirían el papel de policía. Algo falló. No hay más lechuzas en Grecia. El déficit no se sabe bien  de cuanto es, pero se estima en el 14 %. La deuda pública cerró el 2009 en el orden del 115 % y con el préstamo del FMI y de la eurozona se irá aproximadamente al 150 % en el 2012. Muy lejos de los valores estipulados por el Tratado de Maastrich.
Bien sabemos los argentinos que estas transacciones no son solamente números abstractos. Llegan al pueblo y llegan de una forma inhumana. Paradójicamente, la misma medida que salva al sistema (tanto al FMI como a los países fuertes de la Eurozona les conviene prestar para mantener su supremacía y su validación), esclaviza al tomador del préstamo (la nación y el pueblo griego). Hemos sido testigos en los últimos dos o tres años de mas de una anomalía (comportamiento no compatible con el sistema económico imperante). Según el epistemólogo Thomas Kuhn, las ciencias no progresan por incrementos acumulados sino mediante “revoluciones científicas”. En las “revoluciones científicas”, un nuevo paradigma resuelve las anomalías de las crisis anteriores. ¿No estará la falta de lechuzas en Atenas anunciando el nacimiento de un nuevo paradigma?
Alejandro Fidias Fabri
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