Los ciudadanos, ¿inocentes espectadores de la política?

Es sabido que ciertos filósofos se han ocupado de  interpretar la realidad política, otros de intentar transformarla y otros de proponer un ideal. Max Weber es uno de aquellos que se ocupó de “leer” y describir la realidad. En su texto El político y el científico nos advierte que “quien hace política aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines (ideales o egoistas) o al poder ‘por el poder’, para gozar del sentimiento de prestigio que él confiere”.  Aquí ,  ya está sentando las bases de la política: el poder en sus múltiples opciones. En esta clasificación de “los políticos” que buscan el poder con fines ideales, con fines propios o por prestigio, cada uno de nosotros podrá hacer su propia lectura del variopinto espectro de la política argentina. Pero , ¿qué de los ciudadanos?
En general, los ciudadanos dejamos la política en manos de aquellos que son políticos, aquellos quienes han elegido la actividad política como profesión y  como modo de ganarse la vida. Weber los denomina «políticos profesionales». Son poseedores de un know-how, y no todo el pueblo quiere saber de que se trata. Creemos que es mejor tomar distancia de la política porque los políticos “no cumplen  con las promesas electorales”,  “se olvidan de quienes los votaron”, “se enriquecen a costillas nuestras”, “no distribuyen adecuadamente las riquezas”, etc. Aquellos que en nuestra actividad profesional privada hemos experimentado ya sea el inducir al cliente a que consuma nuestro producto o producir aquello que el cliente desea, erramos al pensar que la actividad política tiene esa linealidad. Los ciudadanos no somos clientes, nuestras necesidades son múltiples y variadas, y la acción política es una acción de negociación y de búsqueda de consenso entre personas que también tienen y representan múltiples intereses. Las empresas privadas son decisionistas, no requieren del  consenso en la toma de decisiones. En la política, “de una forma u otra”, se lo debe buscar. Como ejemplo, aunque la lógica que veamos es la de la confrontación y la de amigo-enemigo, cierta forma de transformar a un enemigo en amigo, nombrada ya “borocotización”, lleva implícita una negociación en pos de un consenso.
¿Qué dice Weber de nosotros, los “inocentes” ciudadanos? Dice que nuestra posición, que denomina «políticos ocasionales», es una forma de hacer política. Agrega que “Políticos «ocasionales» lo somos todos nosotros cuando depositamos nuestro voto, aplaudimos o protestamos en una reunión ‘política’, hacemos un discurso “político” o realizamos cualquier otra manifestación de voluntad de género análogo, y para muchos hombres la relación con la política se reduce a esto”. Para mi gusto, el término “reduce” es un tanto desvalorizante, pues, aquellos que ya tenemos algunos años hemos sido testigos de la relevancia que ciertos movimientos sociales han tenido sobre decisiones políticas de los «políticos profesionales». Más allá de la ideología de cada uno, pensemos en las marchas de las madres y abuelas de Plaza de Mayo, en las concentraciones de Blumberg por la inseguridad, en los cacerolazos de Diciembre del 2001, en los movimientos piqueteros, en el apoyo al campo en la estatua de los Españoles, etc. Pensemos también en aquellos ciudadanos que integran asociaciones u ONG tales como Red SolidariaRed de Madres contra el Paco, Comedor Los Carasucias, etc. Todos son síntomas de problemas, pugnas de intereses entre sectores de la sociedad, u omisiones del Estado -ya sean ideológicas, históricas, por  falta de recursos, por ineficiencia o por incapacidad. Todos ellos han estado  o están inspirados e integrados espontanea  o planificadamente por ciudadanos, «políticos ocasionales» en terminología weberiana. Finalmente, estamos aquellos que nuestra única actividad política es votar, aunque también existen los que por su acumulada decepción han decidido “zafar” de las urnas y Weber no los contempló. Esta postura, que pareciera  estar motivada en el desinterés o en la comodidad, puede también ser una decisión política fundada en una cierta ideología.
Como se ve en los ejemplos expuestos, la realidad ha rebasado a la tradición filosófica que le dió la misma extensión a «política» y a «Estado». Hay política también allí donde no hay Estado. El filósofo italiano contemporáneo Norberto Bobbio, en su ensayo Por una mapa de la filosofía política,  en correlación con la situación descripta, nos explica que esta mayor extensión de lo político está motivada en el “fenómeno típico de la sociedad moderna de la emancipación de la sociedad civil del Estado-institución y del Estado-aparato, y de la formación en la sociedad civil, con independencia de éstos e, incluso contra el Estado, de grupos de intereses, […] que contribuyen a la formación de decisiones políticas (y que, por tanto, desarrollan actividad política)”. Agrega que así se han convertido “en cada vez más inciertos los límites entre lo «político» y lo no «político», al tiempo que se producía el ensanchamiento del «espacio» político en la sociedad no política”.
Pareciera entonces que nuestros dedos señaladores de políticos «profesionales» “responsables” de algunas de las situaciones que aquejan  al país, se pueden tomar un descanso para permitirnos  reflexionar sobre el protagonismo que cada uno de nosotros tiene y está dispuesto a tener como ciudadano, como político «ocasional». No para todos es suficiente con decir “yo trabajo y pago mis impuestos”. No para todos es suficiente con señalar. Así como existió un “¡Qué se vayan todos!”, también existe un  “No te metás.”. Para ir cerrando, algunos hemos leído esta semana  en  un artículo de un matutino que “un grupo de historiadores y académicos” alertan  sobre el  posible vaciamiento de significado de los actos celebratorios del  «Año del Bicentenario». Si ello fuera así, quizás sea la oportunidad para que cada uno de nosotros , con nuestras actitudes ciudadanas, tratásemos de investirlo de  contenido . Si no fuera así, también. Ocurre que puede ser el tiempo no ya de exponer una opinión formada sino de autointerrogarnos sin prejuicios sobre aquello que no tenemos respuesta o que frente a cualquier tipo de acontecimiento político produce siempre las mismas respuestas.
Nota: agradezco a aquellos lectores que se han interesado y me han realizado devoluciones sobre las notas escritas, hecho que me permite ir ajustando el temario y el grado de complejidad del amplio saber que es lo político y la filosofía política.
Alejandro Fidias Fabri
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