El jurista alemán Carl Schmitt expone en su escrito Clausewitz como pensador político o el honor de Prusia la situación política europea de principios del siglo XIX. Utiliza allí la categoría de «legitimidad», y es esta la que nos lleva a realizar una analogía con el presente político argentino.
Explica Schmitt que Napoleón, derrotado por la coalición en 1814, fue desterrado a la isla de Elba, donde se encontraba mientras “los aliados vencedores se peleaban por el botín en el Congreso de Viena”.  El militar prusiano Gneisenau, jefe de von Clausewitz, le expuso a su subordinado la maquiavélica idea de dejar retornar al emperador vencido de los franceses para «inyectarle a Francia la guerra civil». El ingreso de Napoleón a Francia, asociado a los prusianos, generaría enfrentamientos y luchas dentro de las fragmentadas facciones existentes. Quiere decir que la «legitimidad» de su poder sustentada por los vencedores produciría un efecto paradójico, fragmetando y radicalizando en su contra al propio pueblo francés. Es sabido que Clausewitz fue muy influenciado por la reconocida enemistad del filósofo alemán Fichte contra la figura de Napoleón. Contrariamente a esta postura, su contemporáneo Hegel destaca su admiración por Napoleón, a quien consideraba «el Dios presente entre nosotros».

Lo que ocurrió fue diverso a lo planificado por los militares prusianos: Napoleón se adelantó al plan de Gneisenau y abandonó la isla de Elba por su iniciativa. Su regreso indignó a los vencedores y, por ello, logró la unión de los franceses frente al enemigo. Su legitimidad fue ahora la que le confirieron los franceses unidos por la indignación de la coalición vencedora. Así, en Francia, se unieron monárquicos y republicanos, clericales y laicos, derechas e izquierdas. Este gobierno duró cien días, hasta la derrota en Waterloo.

Contra la opinión generalizada, Schmitt afirma que Clausewitz no fue ni un brillante militar, ni reconocido como estratega. La tesis de Schmitt es que lo que hizo pasar a Clausewitz a la posteridad fue que su conocido libro De guerra, publicado después de su muerte, fuera rescatado y utilizado por Stalin y Mao Tse-Tung. Ello nos habilita humildemente a realizar alguna especulación sobre la política argentina.
En Argentina vemos hoy a algún conspicuo político que había asegurado alejarse de la política luego de haber sido presidente, realizando pactos y alianzas con líderes de otros partidos, otrora adversarios. Este grupo de políticos es denominado por los medios como la representación de la «oposición». Retomamos ahora la categoría de «legitimidad»: ¿qué o quiénes los legitima? Lo que pareciera que los legitima no es una propuesta con un plan concreto de gobierno. El espanto es nuestro, del electorado. Hay muertos que parecieran haber sido olvidados. Solo bastaría que los “odiados” K, “los que generan crispación”, se retiraran a «cuarteles de invierno» para que se produjera un auténtico enfrentamiento entre estos disímiles políticos que conforman la oposición. Ello porque la propuesta de esta «oposición» es simplemente esa, ser oposición. Detrás de eso no habría más nada que los apetitos personales. Lo que odian es lo que los legitima. En cambio la ausencia del enemigo general los deslegitimaría. Sin los K sólo estarían actuando la conocida tragedia de los últimos 60 años.
Como electorado, nos une el espanto.
Alejandro Fidias Fabri

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